2019: Ante la violencia patriarcal, sobrevivientes/luchadoras, no víctimas

En pleno 2019, cuando ya la memoria no logra almacenar todo lo que esperamos y necesitamos recordar para mantener la frente en alto, parece urgente salir a la calle y apropiarse de los espacios para levantar memoria colectiva y seguir curando las heridas abiertas del pasado.  

No porque haya ocurrido hace años quiere decir que dejó de pasar. La violencia institucional y policial en Chile sigue manteniendo su tradición desmedida de agredir cuerpos insurrectos y rebeldes. Sigue manteniendo la costumbre de burocratizar toda urgencia social y necesidad colectiva. Ante esto, decimos no +. 

Una de esas urgencias es la violencia patriarcal. Tal como cada año levantamos las manos e iluminamos estas huellas que tenemos acá, frente a nosotros, este año queremos apuntar de frente a la violencia político sexual de ayer, la de la dictadura, y la de hoy que se manifiesta en cada silencio de la justicia, en cada gesto cómplice de quién protege el hermetismo de la violencia estatal, institucional y social. 

Unidas por el hilo rojo que vincula las luchas del pasado y del presente, queremos mirarnos a la cara y tensionar la naturalización de esta violencia y sacarla de ese lugar; queremos, a través de este ejercicio y los muchos que vendrán, que queremos dislocar el lugar que se le ha atribuido a quienes han sufrido este tipo de actos y sacarlas del rol de víctimas.

La violencia político sexual ha sido Invisibilizada porque la violencia contra las mujeres es una constante en tiempos de paz y de guerra, operando en mayor o menor silencio dependiendo de los contextos. También porque hoy a diario nos cruza y nos determina el patriarcado sin cuestionarnos su violencia. 

La violencia político sexual ha sido subestimada porque si bien ha ido siendo reconocida como una realidad existente que acontece, no se pone en valor el daño y la determinación que ejerce sobre las personas.

La violencia político sexual ha sido naturalizada porque se da por hecho que ciertas prácticas sólo ocurren. 

La violencia político sexual ha sido reduccionista porque a quienes han recibido este tipo de violencias se les ha catalogado históricamente  como “víctimas”, clausurándolas al lugar del despojo, de la inferioridad y de quien sólo se plantea desde la sujeción; cuya historia comienza y termina en el hito de la violencia, cruzando y anulando las otras dimensiones de la persona.

La violencia político sexual ha sido despolitizadora porque, como se dijo, la violencia busca aplacar las prácticas de las personas sobre las que se les ejerce estos hechos, reduciéndolas al papel de víctimas, sellando el reconocimiento de que una de las razones por las cuales se les ha ejercido semejante brutalidad es por su rol de luchadoras sociales, y por supuesto, el ser mujeres.

Al caer la noche el último viernes de septiembre, señalamos con punteros láser las huellas de bala que aún existen en el Paseo Bulnes. Nos encontramos y conversamos, compartimos historias y sensaciones en  una acción de construcción de memoria colectiva, que reivindica los recuerdos y los relatos de las personas, como elementos fundamentales a la hora de construir historia, metaforizando esa huellas materiales en las marcas sociales, culturales, emotivas e históricas que aún nos atraviesan y se despliegan en la actualidad.

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