ILUMINANDO LA VIOLENCIA

Para reconocerla

Movilizados por recuerdos sobre el Paseo Bulnes y las huellas de balas que ahí existen, por los relatos escuchados de personas que estuvieron ahí y por la constante amenaza de que esas, huellas de la violencia que el golpe de estado dejó en esos muros, fueran eliminadas en cualquier momento por una capa de estuco, es que nace esta acción.

Desde ahí comenzó una gestión colectiva, una red de personas movilizadas por la urgencia de reconocer la violencia, darle luz, para que todas y todos sepan que esas huellas son hechos que no deben seguir ocurriendo.

De la vela al láser

La vela en la calle recuerda un momento de nuestra historia que determinó las vidas de todo un territorio. La vela es también el símbolo del aprendizaje, devela los secretos que nublan la comprensión. Tomar ese símbolo y trasladarlo a un láser permite llevar la luz a una huella que día a día se pierde en la velocidad de lo cotidiano.

La experiencia sensible permite detenerse y abrir espacios de conexión entre las historias propias y las ajenas, generando una complicidad que se compromete desde el cuerpo al recuerdo. Una mano sostiene un puntero láser y apunta a la distancia a una huella de bala que está sobre ese edificio: ese cuerpo representa a un militar con un fusil y entonces la mente completa el vacío que sostiene esta acción. Comienza entonces a imaginar posibles conexiones: ¿cómo llegaron esas huellas ahí?, ¿había personas en las ventanas?, ¿se defendieron?, ¿cómo resistieron?, ¿qué tipos de armas utilizaron?, ¿habrán caído muertos por los balcones?

Nuestra memoria histórica de la dictadura chilena es un proceso inmaduro, que da cuenta de una sociedad que oculta y reniega de las violaciones ocurridas, que pretende allanar con estuco las huellas de la violencia, para olvidar fácilmente y permitir que los responsables no existan, y con ello la aceptación de que la violencia se imponga como estrategia para dominarnos.

Un país que no es capaz de hacer visibles las huellas del terrorismo de estado, no puede transmutar, recrear y resignificar esa memoria herida en actos que nos acerquen a la justicia y real reparación. Al darle luz a las huellas de bala, la violencia es expuesta como realidad. Al nombrar, dialogar, reflexionar y reconocer esa violencia, evidenciamos el mecanismo de poder que opera sigilosamente y somos capaces de reconocer la violencia en simples actos de la vida cotidiana.

La memoria como ejercicio inacabado

La memoria nos construye y nos define. Qué cosas seleccionamos para recordar y cómo las recordamos, habla de quienes hemos decidido ser.

La ciudad nos recuerda ello. Transitamos junto a esculturas, bustos, monolitos que hacen visible la manera en que los poderes políticos construyen nuestra historia, eligiendo qué sucesos recordar, a quiénes reconocer como héroes y qué cosas es mejor olvidar.

Crecimos escuchando a políticxs decir en los medios de comunicación que era necesario perdonar para avanzar, que debíamos olvidar para poder construir futuro y que para ello lo mejor era no hablar. Sigilosamente se construyó un discurso social que posiciona al silencio como reparador de todas las violaciones ocurridas por la dictadura en Chile. Con el eslogan “debemos avanzar” se instauró una política del olvido y una aceptación al pacto de silencio que cientos de políticos y militares mantienen hasta estos días.

La pedagogía del miedo ha calado en los corazones de América, pero a pesar de ello muchos/as protagonistas decidieron hablar para reescribir la historia. La llegada a la “democracia” levantó dos informes repletos de información que iluminaba los testimonios de miles de personas que habían vivido directa o indirectamente esos crímenes. Pero, ¿qué hemos hecho con esa información? El pacto de silencio continúa.

Estos recuerdos nos pertenecen a todxs. Desplazar la memoria de los crímenes cometidos en la dictadura a nuestros espacios públicos significa reconocer los recorridos de la violencia, y poner en valor la memoria referida a éstas agresiones. Iluminar las marcas que persisten en la ciudad permiten reconocerlas en nuestro tránsito habitual y asumir la responsabilidad que todas y todos tenemos para que hechos como éstos no vuelvan a suceder a partir de su reconocimiento, visibilización y comunicación.

La memoria nunca está completa, está llena de sensaciones, colores, imágenes, olores. La memoria siempre tiene a otrxs que completan el recuerdo. El otro es necesario para que cuente el pedazo de historia que no está marcado en el propio cuerpo, pero que también lo construye, al habitar el mismo pedazo de tierra.

Reconocer las huellas de bala del Paseo Bulnes como hechos de violencia, nos permite acercarnos a un “nunca más”, además de posibilitar la reflexión a las personas que transitan a diario por este lugar, dotando a este espacio de la memoria histórica que posee y evidenciando los mecanismos de poder que operan sigilosamente en los hechos de violencia.

Construir nuestra memoria social de manera colectiva significa reconocernos como protagonistas de nuestro territorio, poseedores de relatos, de recuerdos fundamentales para enriquecer nuestro habitar. Compartir nuestras experiencias con otrxs significa reparar en parte el dolor de la dictadura, para que futuras generaciones no olviden lo acontecido y sepan reconocer la violencia en simples actos de la vida cotidiana.